Todavía está muy reciente, así que las conclusiones pueden ser algo precipitadas, pero intuyo que el paso por Fash-al-Ballut no será una experiencia artística más. Vuelvo diferente, reconciliado con una parte de mí. Ahora que todo es rápido y superficial, pasar tiempo con un buen amigo —compartir techo, charlas y paseos con Barbancho—, ha sido un regalo maravilloso.
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La residencia de artistas Fahs-al-Ballùt es un lugar para estar juntas y juntos y pensar sobre el arte desde una mirada relacional. No hay talleres ni espacios para la creación; es un lugar que nace como un espacio de encuentro y reflexión sobre la necesidad de las creaciones culturales en el mundo actual. Está en una casa familiar donde se comparte la vida cotidiana, y en la que el eje que la sustenta es la memoria: la de las personas, la de los objetos, la de las paredes y la de cada persona que quiera pasar por aquí.
